La ciudad de los caballos
(Cuento. Recurso socioeducativo)
Había una vez una ciudad tan grande que los caminos parecían no tener fin.
En ella, los mercadillos eran el centro de todo: allí, cada día, la gente intercambiaba cosas usando unos cromitos que fabricaban con gran esfuerzo.
Estos cromitos no eran solo moneda, sino también un símbolo de valor y dedicación. Tanto era así que las personas pasaban ocho horas al día buscándolos.
Intercambiar cromitos les llenaba de satisfacción. Pero cuando algo ya no servía o dejaba de gustarles, en lugar de arreglarlo, lo arrojaban al río y trabajaban más horas para conseguir nuevos cromitos con los que comprar otro objeto.
En esa ciudad, los caballos ocupaban un lugar especial.
Cada uno de ellos era muy valioso, tanto que los caminos no se construían para las personas, sino para ellos.
Pero estos caballos no eran como los que conocemos: comían aire.
Y el aire que consumían parecía afectar el clima. Cada vez hacía más frío y las lluvias eran tan fuertes que, a menudo, el río se desbordaba.
A pesar de todo, los caballos eran imprescindibles. Los mayores de edad debían conseguir al menos 120 para moverse por la ciudad o viajar a pueblos lejanos. Pero estos caballos no eran gratis: las cuadras los prestaban a cambio de años de dedicación, dos horas al día consiguiendo cromitos.
Cuando alguien obtenía sus 120 caballos, podía atarlos a una cuerda dorada y tirar de un chasis. Había chasis de diferentes tamaños, pero la mayoría eran para cuatro personas, aunque casi siempre solo viajaba una. Los caballos, mientras tanto, relinchaban enfurecidos. Parecían irritados por la ciudad, por los semáforos que los obligaban a detenerse constantemente, por el ruido.
Lucía, que estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, conocía bien las reglas de la ciudad. Sabía que debía caminar por los bordes de los caminos para caballos y cruzar solo cuando los semáforos lo permitieran. Si un caballo la atropellaba, sería culpa suya.
Sin embargo, había algo en todo aquello que no le cuadraba.
—¿Por qué los caballos tienen prioridad? —se preguntaba—.
Relinchan enfurecidos y parecen más importantes que nosotras.
Los días de Lucía transcurrían entre pensamientos que no podía compartir con nadie.
Mientras caminaba junto a los caminos de caballos, escuchaba el constante ruido de sus relinchos, los veía atados en largas filas tirando de chasis pesados, casi siempre ocupados por una sola persona.
Todo aquello le parecía extraño, pero no sabía exactamente por qué.
Un día, decidió buscar respuestas.
Subió a un chasis-bus tirado por cientos de caballos y fue hasta las cuadras principales.
Allí esperaba encontrar a quienes decidían cuántos caballos necesitaba cada persona y qué tipo de chasis podían usar.
Pero al llegar, no encontró a nadie, solo máquinas y un programa que lo gestionaba todo.
Mientras observaba las enormes cuadras llenas de caballos, Lucía empezó a hacer preguntas al operario que manejaba el sistema.
—¿Por qué usamos 120 caballos para tirar de un chasis que casi siempre lleva solo a una persona?
El operario, distraído, apenas levantó la vista.
—Es lo que siempre se ha hecho.
Lucía siguió mirando a su alrededor, a los caballos relinchando sin cesar, a los chasis aparcados en largas filas, a las cuerdas doradas que los ataban. Algo en todo aquello parecía fuera de lugar.
—¿Y si fuera diferente? —murmuró para sí misma.
De camino a casa, Lucía no dejó de pensar en los caballos. Imaginó cómo sería si los caminos estuvieran llenos de personas caminando tranquilamente. Pensó en los relinchos, en el aire frío que consumían los caballos, en el río desbordado. Pensó en los semáforos, siempre parpadeando, deteniendo a unos y dando paso a otros. Y pensó, sobre todo, en la cuerda dorada que la esperaba cuando cumpliera la mayoría de edad.
Aquella noche, mientras el sueño la vencía, se prometió algo: un día buscaría otra forma de recorrer la ciudad.
Los años pasaron y, poco a poco, algo cambió. No fue de golpe ni para todos, pero Lucía logró cumplir su promesa.
Comenzó con un pequeño pony vegetariano que tiraba de un chasis ligero. Sus hijas, más tarde, optaron por chasis para dos personas, tirados por unos pocos caballos vegetarianos. El aire parecía menos frío cuando los caballos dejaban de consumirlo.
En las calles aún resonaban los relinchos de los 120 caballos enfurecidos tirando de chasis enormes, pero Lucía ya no estaba sola con sus preguntas. Había otras personas que, como ella, empezaban a caminar más, a compartir más los caminos, y a imaginar que, tal vez, las ciudades podrían cambiar.
Y aunque el cambio era lento, Lucía no dejó de escuchar con atención: a las calles, a los caballos, a las voces nuevas que empezaban a hacerse preguntas, como ella había hecho tantos años atrás.
No es culpa mi miedo quien guíe mi andar,
es la vida que clama por renacer ya.
Que cada gesto sea mi protección,
mi dignidad, mi alma, mi revolución.
Elena Martín Fierro, 2024